lunes, 14 de diciembre de 2009

Cultura y Política

Cultura y política – Abel Posse y Martín Sabattella
por Néstor Jorge Dobal – 14/12/2009

Este nombre puede inducir a equívocos. Se sabe que todo hecho cultural va asociado a una cuestión política y viceversa. La separación de estos conceptos también obedece a distintas concepciones culturales y políticas. Pero las circunstancias del momento pusieron sobre el tapete a estos dos referentes que, si miramos a la ligera, encarnan la representación de estas dos disciplinas por separado pero también vienen a ilustrar, según lo acontecido en estos días por cada uno, que las dos se retroalimentan y a la vez en ocasiones resulta pertinente separar ciertas cosas.

El inesperado nombramiento de Posse a la cartera de educación en el gobierno de Macri sacó de las sombras culturosas a este escritor y funcionario diplomático y él mismo, con su resonante declaración pública en un medio como La Nación, donde es habitual que colabore lo cual de por sí define posiciones políticas que en este caso se acentúan. Como muy bien lo definió el periodista Ernesto Tenenbaum en un destemplado reportaje radial, se trata de un fascista que va a ocupar nada menos que el Ministerio de Educación de la Ciudad. Toda una revelación cultural y política. Lo más interesante del caso es que, de aquellas sombras, pasó de pronto a la implacable iluminación que nos permite conocer mejor quién es quién en la escena de la que formamos parte. Pero conviene que no nos apresuremos a cerrar el caso. Esto nos remite a otras revelaciones que habría que tener en cuenta. A veces la cultura y la política transitan por veredas opuestas.

Posse es autor de una serie de libros de muy recomendable lectura. Es el caso de la Trilogía del Descubrimiento, Daimón que refiere a las peripecias de Lope de Aguirre; Los perros del paraíso que alude a los Reyes Católicos ante la inminencia de la Conquista y El largo atardecer de un caminante que cuenta las increíbles aventuras de Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Desde ya que estas obras no tienen nada de fascistas, son excelentes trabajos literarios, muy entretenidos y con una mirada inobjetable desde nuestra óptica de conquistados. ¿Y qué hacer entonces? ¿Vamos a perdernos el goce de tales proximidades estéticas y conceptuales por el hecho de que su autor expresa ideas políticas de naturaleza cavernícola?

Al fin de cuentas tales contrastes no son nuevos. Sarmiento, el autor de esa obra capital que es el Facundo es al mismo tiempo el degollador del Chacho Peñaloza y Lugones con su literatura y su poesía culmina en una triste defensa del golpismo uriburista: La hora de la espada. Lo mismo que la distancia que va desde la encumbrada e inatacable labor literaria de Borges a sus tendenciosas y discutibles declaraciones políticas o a la calidad de las novelas de Mario Vargas Llosa frente a su recalcitrante y derechosa posición pública. En estos casos los aportes culturales se deberían independizar de la política o, al menos, acordar que expresan compromisos contrapuestos. Hay otros casos más difíciles de entender. Una de las obras escritas más profundas y, en su momento y todavía, en inusitada línea política de avanzada, Revolución y contrarrevolución en la Argentina, de lectura muy recomendable, contrapuesta a la decadente historia oficial mitrista, fue escrita por un lúcido autor y brillante hombre político de izquierda, Jorge Abelardo Ramos, que de manera lamentable e inexplicable terminó sus días como funcionario del que quizás fuera el gobierno más corrupto, conservador y entreguista que debimos padecer los argentinos. Este hecho por cierto que no empaña su obra.

Y aquí entra otra cuestión, o más de lo mismo. Si miramos la comprometida obra cinematográfica de Pino Solanas nos resulta fácil identificarnos con su alto valor cultural y político por más que nos cueste entender, y nos duela y nos provoque tristeza, el hecho de que en ciertas ocasiones, como político, se haya puesto del lado de la Sociedad Rural o ahora se haya sumado al conglomerado opositor de la más recalcitrante derecha. Creemos que hay cuestiones cuya intransigencia debiera ser absoluta. Ese es el principal argumento de Martín Sabbatella, el de la cultura de la coherencia política, al que nos enorgullece adherir.

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miércoles, 2 de diciembre de 2009

Nuestras vísceras en proyección

comentario sobre la película a estrenarse mañana:
“El último aplauso” de German Kral
por Néstor Jorge Dobal – 2 de diciembre de 2009

Ayer martes fuimos a otra función del Cine Club Núcleo. Daban “El último aplauso”, una película argentina desconocida de un director argentino también desconocido, German Kral, residente en Alemania desde hace varios años. Digo fuimos ya que siempre voy con dos de mis nietos menores, Manuel y Santiago. Menciono esto porque hace al comentario de la vivencia compartida. Mis nietos apenas pasan los veinte, son buenos estudiantes universitarios, les gusta el cine y son sensibles y nos agrada mezclarnos en esto de ir a ver películas con regularidad, expuestos a la incertidumbre de una programación que nos elige otro, y acompañarnos nietos y abuelo y charlar sobre este y otros asuntos.

Antes de entrar me ocupo de averiguar de qué va la peli para motivarnos. Esta vez leí que el tema era sobre unos cantores de tango veteranos que se habían quedado sin laburo ya que solían cantar en un boliche desaparecido, el Bar El Chino de Nueva Pompeya. No conocí este lugar pero hace unos años tuvimos la suerte, junto a varios amigos, de ver y emocionarnos con la hermosa película, opera prima de Daniel Burak, “Bar El Chino” y por eso esta nueva aventura pintaba como algo bueno. Pero en el fondo yo desconfiaba de que lo que podía gustarme a mi, porteño jovato amante del tango, le interesara a dos jóvenes con presumibles distintos centros de interés. Les conté de mi experiencia anterior. El programa que leímos tenía como siempre la ficha y un extenso e interesante comentario del director. Decía que la profesora de cine y directora alemana Doris Dörrie le había dicho en Munich, en ocasión de un viaje de Kral en 1999, “Germán, en BsAs tenés que ir a un bar muy especial y hacer una película sobre él”. Cumpliendo ese edificante mandato el discípulo visitó el lugar y comenzó a filmar. En posteriores viajes siguió filmando. El programa también contaba de los protagonistas del film y de la historia. Mi incertidumbre crecía. Y allí fuimos. Y comenzamos a recorrer ese sorprendente viaje por el mundo de las emociones compartidas.

La película nos cuenta de un templo, el Bar El Chino, y digo templo sin temor a cometer herejía ya que un lugar donde se cuecen las profundidades del espíritu y lo mejor de la vida como es el amor, la solidaridad, la fidelidad, la alegría, no tiene mejor palabra para definirlo aunque cierta limitadora ortodoxia lo pueda tildar de pagano. Y nos habla de sus encantadores y apasionados y apasionantes fantasmas y de las historias de vida de un puñado de seres entrañables. Y todo está tejido por Kral de una manera magistral, convirtiendo al film en un ejemplar modelo de cine documental, donde los detalles, en apariencia nimios como comprar flores, pasear al perro, visitar el cementerio, hacernos entrar en los cuartos de esas criaturas, tomar mate en sus cocinas, contarnos sus cuitas, asistiendo a sus cantos, va mostrándonos a los seres que ilustra como si los diseccionáramos en vida, como si los miráramos por dentro, al trasluz. Y también nos muestra nuestro propio interior, nuestras propias vísceras en proyección, nuestra ciudad como pertenencia territorial, nuestra capacidad para vincularnos con nuestros queridos congéneres, nuestros prójimos que sufren, se frustran, se conmueven, se alegran, como algunos de nosotros. Y también nos muestra cómo una señora europea, una directora de cine alemana, tiene la capacidad de ver y valorar lo que nosotros, aquí, a veces no valoramos, nos pasa de largo, y orienta a su discípulo que, por suerte, se conectó con el consejo y nos regaló este intenso y vibrante documento. Resulta altamente llamativo que haya sido otro alemán, Win Wenders, quien rescató, quizá como nadie, el tesoro escondido en los viejos cantantes cubanos gracias a su inolvidable documental “Buena Vista Social Club”.

En la exhibición de anoche ocurrió algo inusual, la gente aplaudió en varios pasajes en que estos hermosos tipos cantaban, y al final de la proyección llegó un aplauso sostenido que era como soltar tanta emoción contenida. Para mi satisfacción, mis nietos Manuel y Santiago compartieron la emoción, cosa que me alegró por su profunda significación de una generación habitual e injustamente subestimada. Y hubo un regalo adicional: estaban los protagonistas junto al director. La gente los rodeó para expresar su cariño y el director pidió al público que recomendara la película. Pedido obvio. Sospecho que va a tener muchos asistentes. Y que con sus protagonistas, Cristina, Inés, Julio César y Abel más la excelente y alentadora, por tratarse de jóvenes que se dedican al tango –esa cosa que algunos creen que es patrimonio exclusivo de los viejos-, Orquesta Típica Imperial, va a pasar lo mismo que con la revitalización tardía que le propició Wenders a través de su película a Compay Segundo y a sus acompañantes con sus éxitos postreros. Todos ellos se lo merecen.

Pienso que es un verdadero desperdicio, por no decir una tontería, privarnos de hacerle un regalo a nuestro espíritu dejando pasar esta cautivante película, “El último aplauso”, que pone lejos, por cierto, al mencionado como que fuera el último. Y tenemos que ir ahora, antes de que la pedestre especulación de los exhibidores la baje de cartel.
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sábado, 21 de noviembre de 2009

Vigencia de la política (una propuesta para el bicentenario)

Hace unos años nos visitó Lula da Silva. Vino a la CTA en ocasión de las Jornadas por el Nuevo Pensamiento que aquel año se organizaron en el Colegio Buenos Aires. Todavía no era Presidente del Brasil pero dejaba ver la sencillez y profundidad de su inteligencia. Nos regaló un discurso muy rico y claro, como siempre. Una de sus frases fue: Hacen mal los que afirman que la política no les interesa por que de ese modo la dejan en manos de los que sí les interesa.
Cuando uno busca en los diccionarios la definición de la palabra política se encuentra con distintas. Desde lo que significa como entidad filosófica hasta sus variados sentidos funcionales. De estas últimas destacamos: “Dicho de una persona que interviene en las cosas del gobierno y negocios del Estado.” Alude, como habitualmente se dice, a los que “hacen la política”, a los políticos. Es muy distinto el alcance de la política como posibilidad potencial a lo que se reduce a su manejo en manos de los políticos. El dardo de Lula tiene dos destinos convergentes y reversibles: el desinterés de la sociedad por la política es, precisamente, lo que fecunda a la clase política que aquella misma detesta y, a su vez, la clase política detestable es la que, coincidentemente, genera, en una miserable estrategia, el rechazo de la sociedad para mantenerse en el lugar de privilegio que ocupa. La única forma de resolver este antiguo dilema es que la sociedad pase a ser la protagonista permanente de la política, no de vez en cuando como se le miente, como le vinieron mintiendo descaradamente los políticos interesados en monopolizar la cosa, con el ejercicio, cada tantos años, del voto sino todos los días, a cada momento ya que la vida social plantea, a cada paso, en cada rincón y en todo momento, cuestiones políticas a ser resueltas.
Otro de los mitos que vino a derrumbar la figura de Lula, y de otros como el caso de Evo, es que la política es patrimonio exclusivo de los doctos. Por esa intencionada mitología fue que la inmensa mayoría eran letrados, abogados más precisamente hábiles en desechar a los legos, o también militares confiables al poder sucesivo o exitosos comerciantes y hasta actores famosos pero jamás, jamás existían posibilidades de que el centro del escenario político de un máximo cargo fuera ocupado por un simple obrero mecánico, sin título doctoral alguno, y mucho menos aún por un indígena aimara.
Ciertos mitos aislados no molestan, son inofensivos. Lo que ocurre es que estos nunca están solos sino que se construyen a partir de determinados intereses: garantizar la correcta, para propio provecho, administración de los derechos. Uno de ellos, quizá el principal, es el derecho a la propiedad. Y la extensión de tal figura del derecho no se reduce a objetos menores, como lo suelen disfrazar los políticos administradores haciendo creer que la propiedad en cuestión se reduce tácitamente a la casita suburbana de un trabajador o a sus zapatillas compradas con el sudor de su frente, sino a una de las propiedades más emblemáticas y significativas del abanico de posibilidades: la tierra. Que no es lo mismo, por cierto, que el terrenito para levantar el rancho. Hablamos de enormes extensiones, latifundios que escapan a la imaginación de la gente sencilla, incapacidad funcional al sistema.
Un solo dueño tenía hace unos pocos años en el Sur del país más de 6 millones de hectáreas. Según cuenta Bayer en la Contratapa de Pág/12 de hoy, 21/11/2009, en el año 1879 el presidente de la Sociedad Rural Argentina, Martínez de Hoz, recibió del gobierno argentino la friolera de 2 millones 500 mil hectáreas; los Roca, Julio Argentino y su hermano Ataliva, “repartieron” 41 millones de hectáreas conquistadas “para el progreso”. Reparto que se hizo seguramente entre unos pocos destacados representantes de la civilidad nacional. Y esta situación de adueñarse de la Argentina, que representa ni más ni menos que hacerse dueños por derecho “constitucional” de grandes espacios de la tierra que la constituyen, se vino profundizando con negociados que conocemos poco en beneficio de naturales y extranjeros prominentes que vinieron a hacer negocio a este país tan promisorio.
Entre las maneras de concebir la tierra podemos citar:
• la metafórica, la que se refiere a que uno, como ser nacional, pertenece a una tierra que, según pintan los poetas, es la suya. Uno dice, soy argentino, ergo, la Argentina es “mi” tierra, como el título de la canción de María Elena Walsh, Serenata para la tierra de uno o la legendaria de Gardel y Le Pera, Lejana tierra mía aludiendo a toda la Patria aunque uno sea dueño nada más que de las que contienen sus macetas del patio o el balcón. Fuera de ello, y cada vez más desde que se estableció como mercancía, la tierra por lo común es de los otros, sus pocos dueños con nombre y apellido.
• la cosmovisión propia de los pueblos originarios, la Pachamama, madre tierra. Toda la naturaleza, por extensión, como divinidad proveedora y protectora con la que se establece una suerte de reciprocidad, tanto me das tanto te doy. La Pachamama tiene hambre frecuente y si no se la nutre con las ofrendas o si se la ofende provoca enfermedades. Ni más ni menos que lo que está ocurriendo en este loco proceso destructivo a que la somete la angurria humana.
• un recurso productivo, el más importante en tanto fuente suministradora de los medios indispensables para la continuidad de la vida y, al mismo tiempo, mediante la explotación depredadora y extractiva, fuente de negocios espurios.
Este último aspecto es el que exige una corrección al disparate que pone en serio riesgo a la continuidad de la vida en el planeta y probablemente al planeta mismo. Y vale hacernos la pregunta ¿cuál es la herramienta, la única para revertir de manera cada vez más perentoria esta situación? No hay otra que la política. Pero no la convencional, la que se somete a las condiciones que le imponen el capitalismo y sus sirvientes. Una política en que la inteligencia supere a la conveniencia bastarda. Una política manejada por los pueblos en beneficio de ellos y no por los políticos en beneficio propio. En nuestro caso, que los argentinos nos hagamos dueños de la política, y de la tierra, argentina.

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miércoles, 7 de octubre de 2009

*Película “Ceux qui restent” -Aquellos que permanecen- (Francia-2007) de Anne Le Ny

Para una semántica del cine
Néstor Jorge Dobal – 7 de octubre de 2009

Anoche con dos de mis nietos retomamos la sana costumbre de ir al Cine Club Núcleo. Pasaban una película francesa realizada en el 2007, Ceux qui restent, que aquí se da a conocer como Aquellos que permanecen, con guión y dirección, su opera prima en este rubro, de la actriz Anne Le Ny. Me pareció muy buena. Bien contada, filmada y actuada. De contenido profundo y a la vez entretenida. Pero además del buen gusto provocó en mi alguna idea que quisiera compartir.
La historia del film está centrada en un hombre y una mujer, Bertrand (Vincent Lindon) y Lorraine (Emmanuelle Devos). Ambos, personas atractivas de unos 40. Se conocen en un hospital. Él viene desde hace tiempo a visitar a su mujer, Cecile, que está internada en una etapa terminal. Y ella a su novio, Thomas, con una perspectiva también grave y de pronóstico desagradable. En el transcurso del film Bertrand y Lorraine se terminan atrayendo y enamorando mientras que sus respectivas parejas anteriores atraviesan situaciones límite. Así contado daría la sensación de tratarse de una historia lúgubre, en tanto gira sobre enfermedades terribles y muerte, y perversa, por mostrarnos dos actitudes de inoportuna y condenable infidelidad, lo cual dadas las circunstancias nos debiera provocar un previsible rechazo. Pero no. Todo está presentado de tal modo que no resulta así. Quedó demostrado con el aplauso que al terminar la proyección le prodigó el público y con sus gestos y comentarios de aprobación al salir, más allá de los méritos técnicos que la película sin duda tiene.
Da para preguntarnos ¿por qué? ¿Cómo pudimos salvar, en tanto espectadores, la condena ética que significaba enfrentar un episodio de naturaleza romántica y sexual a espaldas de sus dos parejas preexistentes, unos pobres y desgraciados enfermos? ¿Qué es lo que permitió que dejáramos de identificarnos con tales víctimas al cuadrado de la historia como resultan ser Cecile y Thomas?
Creo que la clave de la cuestión es una medida muy inteligente de la realizadora. Ninguno de los dos enfermos aparecen físicamente en la historia sino que lo hacen tan solo a través del relato de sus dos parejas, Bertrand y Lorraine y es entonces, al no estar en cuerpo presente, como si aquellos no existiesen. Como si fueran dos abstracciones. Y como tales nos resulta más fácil desvincularnos afectivamente de ellas y preferimos, antes que con la culpa que flota en el ambiente, identificarnos, por nuestra natural pulsión de vida, con el proyecto de los enamorados, a los que la historia nos induce a suponer, por una movida deliberada de sus piezas (el hecho de que la hija adolescente de Cecile abandone la casa y lo deje solo a Bertrand) y más allá de la transitoria separación con que culmina la película, que sus vidas después del fin acabarán unidas. Que es lo que en el fondo todos deseamos. Que la vida sea lo que sucede y que termine ganándole a la muerte.
Y aquí viene lo más sugestivo de la experiencia. Asistimos, como espectadores a la proyección de un film. La película se proyecta hacia nosotros quienes, a su vez, nos proyectamos hacia ella, identificándonos con sus criaturas, con la trama, con la historia la que, por un momento, hacemos nuestra. Es el triunfo de la vida. Y es nuestra propia existencia la que se enriquece, sumando un trazo vital en cada uno de nosotros. Y el acto se constituye en que podemos, en una sala en penumbras y rodeados de otros, la mayoría desconocidos, festejarlo juntos. Y nos vuelve a demostrar que la realización de una obra no se sustancia en el momento de producirse una película sino cuando la misma hace el amor con sus destinatarios, para alimentarnos recíprocamente.
Es cuando se consuma la magia del cine y se cristaliza como obra de arte. El resto le queda a lo que vulgarmente se llama la industria.
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jueves, 17 de septiembre de 2009

*Vigencia del libro: conservar o progresar (en dos partes)

Primera parte
Hace cerca de veinte años, con mi entrañable amigo Carlos Firpo, quien desde hace un tiempo se encuentra traveseando por las calles de Málaga, emprendimos una simpática aventura editorial. La cosa era publicar versos en un envase distinto al modo convencional del libro. Inspirados en la caja de los cigarrillos franceses, los Gitanes, queríamos reproducir la misma cajilla que contendría pequeñas hojas sueltas con las poesías impresas. La primigenia idea de Carlos fue comenzar con “El Romancero Gitano” de Federico García Lorca pero vimos que la extensión de algunos poemas complicaba el proyecto. Y pensamos en los tangos que, además de preferir la idea de incursionar en una cuestión de nuestra cultura intestina, la extensión de cada tango se acomodaba al tamaño de la tarjeta y, por otra parte, nos permitía encarar una propuesta no transitada hasta ese momento: editar pequeños volúmenes de este rico y no siempre bien valorado aporte cultural de las letras de tangos, separados por temas. Y así fue que vio la luz la colección de los Estrofasos (en adelante, E) con ilustraciones de destacados artistas plásticos que contenían 30 tangos sin filtro en cada título (atado) entre los diez publicados, los que fueron Cambalache (filosofía popular); Malevaje (de puro macho); Malena (pebetas y percantas); Cafetín de Buenos Aires (bodegones y escolaso); Sur (Buenos Aires y sus barrios); La calesita (de la evocación); Manoblanca (de carreros y de pampas); Los mareados (copa a copa); Tango (a través del tango) y Chorra (picaresca y buen humor. La colección completa llevaba una simpática cajita impresa y también podían adquirirse por atados sueltos. Cada título llevaba una suerte de introducción. En el primero de ellos, “Prólogo con variaciones”, Carlos y yo terminábamos declarando:
“Confesamos que nos divirtió la idea de este tierno chiste de los Estrofasos. Nos lo permitimos a partir de sentir el tango como parte nuestra. Y no es cuestión de caer en excesos reverentes con las propias entrañas. Ojalá sean muchos los que se dediquen a convidar Estrofasos a los amigos, novias y parientes. Nada más que por las ganas que tenemos de recuperar, cualquier día de estos, el sano vicio de cantar nuestra propia canción.” Porque esa era la idea precursora: convidar tangos, en lugar de cigarrillos, que no dañan la salud.
El éxito emocional que obtuvieron los E fue rotundo. A todos les encantaba. A nuestros amigos y a los extraños que se asomaban al asunto. A quién le llegó a sus manos un atado de E lo elogiaba y procuraba tenerlo, guardarlo, comprarlo, siempre que alguno de nosotros o algún promotor entendido en la cuestión le explicara al curioso interesado, probable cliente, de qué se trataba. Así pasó con funcionarios, artistas, diplomáticos, empresarios, profesionales, algunos de los cuales de gran cartel, que se entusiasmaron con está simpática y original idea. El resultado final de la aventura fue que nuestro narcisismo se sintió gratificado en abundancia. Pero no ocurrió lo mismo con nuestros bolsillos, ante la sorpresa de los amigos que no podían creer que tal cosa ocurriera con semejante iniciativa. Tratamos de buscarle la explicación.
La primera, obvia, es que lo emocional y lo comercial no van, precisamente, de la mano. Que cada esfera tiene sus reglas y que muchas veces llegan a ser antagónicas.
Voy a contar algunas breves experiencias con los E: el primer tropiezo fue con el encuadernado ya que la técnica de esta especialidad no estaba habituada a esta forma; luego con las distribuidoras (de libros) que se lo daban a sus corredores que llevaban en su valija varios títulos y aquellos se volcaban a los que, está probado, les reporta más comisión; les dejaban los E, sin muchas ganas, a las librerías en consignación; éstas, las librerías, no sabían dónde ponerlos, en las mesas se los robaban porque eran chiquitos o la gente los rompían cuando querían revisar el contenido; al final los exhibían al lado de la caja del negocio, donde no se veían y eso les complicaba el trabajo; los terminaban devolviendo; en la feria del libro había que estar al lado de la mesa porque también el público, en la ansiedad por saber qué era, los terminaban rompiendo; en los kioscos de revistas al ser tan chicos los complicaban a los diarieros que también los acababan devolviendo sin exhibir. En suma, la venta fue un fracaso.
La conclusión terminante fue que resultó insensato intentar la comercialización por el camino de los libros, con una forma tan nueva, distinta a la convencional, sobre todo si se carece de un aparato de promoción gigante que pueda imponer el peculiar envase, que exige una manipulación especial. Tratamos de venderlo como objeto pero no tenía un canal adecuado de salida ya que se trataba de un libro… que no era un libro. Por ende se convirtió en un dilema existencial, en la constatación dialéctica de que la forma hace a los contenidos y, finalmente en una resultante triste en el terreno de lo político ideológico: la evidencia de que en ciertas cosas no conviene ser progre; hay veces que no hay nada mejor que el conservadorismo. Al libro no hay con qué darle.
Con esta sentencia voy a comenzar mi próxima nota. Veremos.

Buenos Aires, 17 de setiembre de 2009.

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Segunda parte
Al libro no hay con qué darle. Con esta conclusión terminaba la anterior. ¿Es así?
Hace poco, charlando con mi amiga Rose, bibliotecaria de corazón, en una de esas ocurrencias informales, sanamente provocativas, le dije que los medios electrónicos terminarían desplazando al multisecular reinado del libro ¿Para qué? ¡No! Me dijo, con una sonrisa entre la ira y la suficiencia.
En realidad yo no tengo ningún interés ni el más remoto deseo de que el libro se llegue a morir. Comparto con Rose el amor hacia tan viejo como entrañable compañero pero, ahora me pregunto, ¿es el libro lo que amamos o es lo que él nos transporta, lo que nos cuenta, lo que nos historia, lo que nos poema? Hay veces nos cruzamos con libros detestables pero, en realidad, ¿es al libro lo que detestamos o es a su contenido, a su autor? El libro es, creo, el mensajero, que puede ser hermoso, tal como un mensajero bien ataviado, pero es sólo eso. Y nos parecerá tan bello, tan seductor, tan cálido, tan profundo como lo sea el mensaje que nos porta. Y por mucho tiempo fue el libro un mensajero exclusivo. Surgieron alternativas como el teatro o la radio o el cine que nos podían contar el mismo cuento, pero es otra cosa. No es la letra escrita, que nos deja el espacio para que levante vuelo nuestra fantasía, que nos deja ser los dueños del tiempo para nuestra vinculación con él, o volver atrás sus hojas y releer sus páginas. Y como objeto, hermoso aunque sea rústico en su forma, como esas ediciones baratas de bolsillo, en tanto que su contenido nos apasione, nos corte el aliento, como cuando estamos deseando retomar la lectura las veces que una inoportuna circunstancia nos interrumpe.
Mi idea, más allá de la provocación, es saber que los medios electrónicos están avanzando. Ya se dice que los diarios van reduciendo su tiraje debido a la competencia de Internet. Yo mismo dejé de comprar los diarios pues me resulta más fácil y operativo leer las noticias en la pantalla. Y al volver a casa, al día siguiente de la discusión con mi amiga, leí en la web de Clarín una noticia acerca de que se viene el libro electrónico, que es plegable y pequeño, como un libro o mejor ya que hay libros voluminosos que son difíciles de manipular, que este es fácil de transportar, que ya algunas editoriales están cargando los textos en la red, que hay librerías importantes como Amazón que ya ofrece obras vía electrónica a 10 dólares, que a efectos de evitar el rechazo están cuidando de generar un aspecto de impresión similar al del libro, que los textos uno los puede cargar electrónicamente sin necesidad de hacerlo mediante la PC, que el uso del papel se va tornando en un serio problema ecológico, que hay mecanismos que permiten que uno agrande la tipografía a su necesidad y a su comodidad visual.
Y para colmo de todas estas revelaciones acabo de crear mi propio blog y esto me abrió a otras sensaciones cuyas puntas me aparecieron ahora pero todo hace suponer que se irán abriendo muchas más al correr del tiempo y la experiencia. Primero la facilidad para hacerlo y luego una sucesión de ventajas como ser el buen aspecto visual de la página, la rapidez y sencillez para cargar los trabajos, la facilidad de la consulta, la posibilidad de aplicar correcciones, la enorme capacidad de difusión que tiene, la inmediatez en este sentido, lo económico del procedimiento tanto en la producción como en la difusión de los materiales, la facilidad para publicar y difundir los trabajos. Hay una frase atribuida a Borges que decía que publicar es el modo de dejar de corregir. Ya eso, en este caso, no cuenta.
Este mismo texto que estás leyendo, que ni bien termine de escribirlo estará, de inmediato, colgado en un sitio, en mi blog, al que podés acceder, estés dónde estés, siempre que haya acceso a la red.
Es tan abrumadora la posibilidad que se abre con este recurso en el campo de la cultura que nos resulta difícil dimensionarlo. Y que no lo podremos hacer si nos aferramos a los íconos conocidos, al conservadorismo. No tendremos, por lo visto, más remedio que hacernos progresistas.
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Buenos Aires, 18 de setiembre de 2009.
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*Estrofasos a través del tango - TANGO

FE DE NACIMIENTO

Para verle la cara a una ciudad
hay que andarle su espacio,
caminarle sus calles y sus parques,
mirar sus edificios, visitar sus lugares,
mezclarse en el vaivén inagotable
que se mueve en su gente...

Pero cuando uno quiere
meterse bien a fondo en sus entrañas,
hay que entrarle en el tiempo,
rescatar su memoria, transitar su cultura,
vibrar con su sentir, interpretar su canto.

El canto en Buenos Aires
es el tango.
Su sentir, su cultura, su memoria y su tiempo

Alguien, que nunca falta, puede decirnos:
¡no, la ciudad estaba de antes!

¿Qué le vamos a hacer?
Inútil que insistamos, si no entiende
que no estamos hablando de lo mismo;
que aquella Buenos Aires era otra,
en el mismo lugar y con el mismo nombre
pero, qué duda cabe, no había nacido ésta.

¿O puede haber, acaso,
alguna forma de imaginamos la identidad cabal
de la ciudad de Buenos Aires, muda?
¿Sin su tango?
¿Sin que un tango le asome por los poros?
¿Sin que un tango le corra por la sangre?
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Noviembre de 1990

*Estrofasos de Buenos Aires y sus barrios - SUR

BIEN ARRIBA, EN EL SUR

Sur, paredón y después...
Homero Manzi

Hay cosas que resultarían graciosas. Por ejemplo que a una pelota de fútbol, justo cuando se está jugando el partido, algún despistado le quiera buscar una parte de arriba y una de abajo. Sin embargo, a esa otra pelota que no para de dar vueltas por el espacio casi del mismo modo y a la que estamos todos agarrados, hace mucho, unos ñatos muy serios, cuando se les dio por dibujarla le pusieron norte a la parte de arriba (que era donde estaban parados ellos; por las dudas, pa'no caerse) y el sur quedó para abajo (que es donde sobrevivimos nosotros, prendidos como podemos de las raíces).

Y asi quedó la cosa. Norte y sur; arriba y abajo; ricos y pobres;
lindos y feos. Juicios de valor, que le dicen...

Después… de tanto mirar el partido, aprendimos que la pelota no para nunca de dar vueltas. Y que hay momentos en que también estamos arriba.

Aquí tenemos unos cuantos tangos. Esa música popular que hay por el sur. Hablan de Buenos Aires. Una ciudad que también está en el sur.
Acá nomás. Bien arriba.
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Diciembre de 1990

*Estrofasos de puro machos - MALEVAJE

¡QUE MACHOS AQUELLOS!
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Te quiero como a mi madre
pero me sobra bravura
pa'hacerte saltar pa'arriba
cuando me entrés a fallar.
El Negro Cele

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Ya la mano con las minas vino espesa desde antes de que, en aquella noche de garufa, ese tal Paris le piantara la paica Helena al compadre Menelao, armándose tal trifulca que el vecindario comentaba el asunto diciendo: ¡Uy Dioca! Ardió Troya...

Por ahí cerca había unos cosos con una sábana en la zabiola resolviendo sus entuertos a punta de cimitarra, midiendo su prestigio según la cantidad de grelas que cargaban a cuestas, encerrándolas con todos sus velos en un cotorro posta, que en la jerga bulinera de por aquellos lados se lo manyaba como el harem.

Estos ñatos cruzaron de vereda, se entreveraron entre gaitas y panderetas, coparon la banca y se amasijaron un toco de siglos enseñando sus buenas costumbres y aprendiendo a bailar fandango, sevillanas, tanguillos y otras cosas. Después algunos, más otros de barrios cercanos con parecidos berretines, rajándole a la malaria se tomaron el buque pa'estos pagos. La mayoría eran tipos. El minerío era escaso. Al llegar y juntarse con los de acá se hizo dura la pelea, por ganarse las mimos de una percanta. Y entró a tallar el macho. Personaje rudo de cachetada fácil y gesto parco.

Pero a no embalurdarse. No es invento de acá.
Lo copiamos de afuera, como otras cosas.
¿Que se coló en el tango? ¿Y de ahí?
Si total… ¡van quedando tan pocos!
Las minas, que eran su fundamento y su estandarte,
les tomaron el tiempo.
Y al final, siempre terminaban refugiándose en la vieja.
En el fondo eran tan tiernos...

***

*Estrofasos de bodegones y escolaso-CAFETÍN DE BS AS

BOLICHE Y ESCOLASO
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...en tu mezcla milagrosa
de sabihondos y suicidas
yo aprendí filosofía, dados, timba
y la poesía cruel
de no pensar más en mí.

Enrique Santos Discépoío

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Boliche
repetido reducto
de imágenes tangueras..

En tus mesas
se derraman y mezclan
aventuras, quimeras, vanidades, prejuicios,
confidencias, abandonos, encuentros, picardía,
rutina, sinsabores, soledades, recuerdos...
Un girar incesante por lugares comunes
y una vieja paciencia...
Ahí el tiempo bosteza, se amodorra
y es frecuente toparse con fantasmas opacos
atrapados en humo y con aliento a alcohol...

Un lugar de los hombres
más allá de furtivos e inefables "Reservados",
de mesas con mantel
donde miente un cartel: "para familias".

Infaltable presencia en el boliche
el escolaso
no importa con qué ropas se presente,
siempre es el mismo, calcado personaje,
que provoca y alimenta a destajo
esquivar el destino de ser pobre:
ganarle la partida a la malaria
y mandarla, mansamente, al carajo.

Diciembre de 1990

*Estrofasos de pebetas y percantas - MALENA

¡GRACIAS, MUSAS!

Percanta que me amuraste,
en lo mejor de mi vida,
dejándome el alma herida,
y espina en el corazón...
Pascual Contursi


A pocos se les ocurriría definir a los filósofos clásicos como machistas a pesar de que casi todos consideraron al hombre como la unidad humana, dejándole a la mujer un papel de humilde complemento, de actriz de reparto. Sin embargo, mucho más cerquita, nuestro tango ha venido sufriendo un sinnúmero de tendenciosos y despiadados ataques que lo ubican como el paradigma del machismo.

Si es cierto que la inmensa mayoría de los autores, compositores, músicos, cantores, historiadores, periodistas especializados, conductores de programas, comentaristas, editores, gerentes de programación, técnicos, etc., han sido y siguen siendo hombres, no es menos cierto que hay brillantes excepciones ¡caramba!

También es verdad que la temática de sus letras es, en su inmensa mayoría, mirada desde el hombre. Que, además, la mujer es en muchas de ellas amenazada, injuriada, desvalorizada, maltratada, subestimada... l

Pero ¿qué sería del tango sin la mujer?

Verdadero fin de sus afanes, de su amor, de su osadía, de su despecho, de sus desvelos, de su pasión, de sus curdas, de sus arrebatos, de su desesperación, de su ira, de su inspiración, de su machismo...

¡Qué solo y sin sentido, como pedaleando en el aire, se quedaría el tal machista sin su objeto predilecto!

¿Y entonces?

¿Quién es el que resulta un pobre sometido? ¿eh?

Noviembre de 1990

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*Estrofasos de filosofía popular - CAMBALACHE

Prólogo con variaciones

Con el estreno de "Mi noche triste", en 1917, nace nuestra canción ciudadana. Con la muerte de Gardel, en 1935, se apaga la voz viva de su cantor. Esta fecunda unión duró apenas 18 años. En ese corto lapso fue tal la creatividad que aún hoy, a más de medio siglo, siguen sus testimonios dando vueltas por ahí, sorprendién¬donos todavía.

A tan brillante etapa le seguía otra. En los 40, autores de la talla de Manzi, Discépolo, Cadícamo, Celedonio Flores, Cátuto Castillo, Homero Expósito, aún cuando arrancan antes, culminan su obra nutriendo de trascendente talento a una nueva y rica forma de expresión: las orquestas típicas y sus cantores... Después... quedaron unos pocos por aquello de confirmar la regla...

Pero la cosecha grande se hizo en breves mo¬mentos.
¡Poco tiempo para tanto espacio! Bien vale recor¬darlo.

Al encarar esta aventura editorial pensamos que era oportuno presentar una selección temática tanguera con algo de aquel inolvidable ayer y de lo bueno más reciente. Es otra puerta que empieza a abrirse. Sin duda habrá otras maneras de agrupar los contenidos. Es probable que, sin querer, omitiéramos títulos que no debieron faltar. Confiamos que los amigos ayudarán a corregir tales errores.

Confesamos que nos divirtió la idea de este tierno chiste de los estrofasos. Nos lo permitimos a partir de sentir al tango como parte nuestra. Y no es cuestión de caer en excesos reverentes con las propias entrañas.

Ojalá sean muchos los que se dediquen a convidar estrofasos a los amigos, novias y parientes. Nada más que por las ganas que tenemos de recuperar, cualquier día de estos, el sano vicio de cantar nuestra propia canción.

Noviembre de 1990

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miércoles, 16 de septiembre de 2009

*Me dijeron: elegí un lugar. Elijo Coricancha en el Cuzco

26 / 6 / 2003


Giran imágenes de lugares a mi alrededor. A muchos de ellos podría convocar ahora. Viajes, recuerdos, lugares entrañables, momentos que quedaron tatuados del lado interno de mi piel. Elijo uno. De un viaje. Por Perú y a Bolivia yendo de Arequipa, por Puno, carretera de magia y soledad que lleva el pomposo nombre de Panamericana, en aquel colectivo granja y aquella gente emprobrecida por siglos con sus guaguas a cuestas y las frutas desparramándose sobre todo y encima de todos y el alboroto y el inmenso Titicaca y la ironía de encontrarnos con aquella despojada Copacabana, contracara de la otra más famosa y brillante, en medio de la aridez legendaria del Tiahuanacu...
De vuelta a Perú, decir inolvidable es poco. Una experiencia que te quema las entrañas. Tanta voluptuosidad y tanta pobreza. Mucho para ver, para recordar, para transportarse. Vivencias de una riqueza distinta. Sorpresas increíbles de una cultura diezmada, de manera alevosa, por otra cultura que presume ser modelo de civilización. Lima, el Museo del Oro, Machu Pichu, Cuzco, la fortaleza de Secsahuamán con aquellas moles de piedra que nadie puede explicarse cómo carajo fueron llevadas hasta allí y Ollantaytambo y la piedra de los doce ángulos y la gente y el chicharrón y el té de coca y tanto...
La ciudad de Cuzco, Qozqo en quechua, que quiere decir el centro de la tierra, el centro de todo... Dando vueltas, sumergidos en un vaho de perplejidad, fuimos a parar a un monasterio cerca del centro donde funciona una iglesia, Santo Domingo. Desprevenidos, no sabíamos bien con qué nos íbamos a encontrar. Allí adentro, o mejor dicho, debajo de aquella insignificante, convencional construcción colonial de las tantas con las que la conquista asoló a nuestro continente estaban ocultos, en realidad se los habían querido sepultar, los restos, lo poco que quedaba del Templo del Sol, llamado Coricancha, que es el centro del centro. Y allí nos dimos de frente con la conjunción más impactante, más contrastante, más brutal de lo que hayamos podido ver, con extremos tan categóricos de maravilla y estupidez. Los muros pelados, vibrantes, pulidos de la también llamada Huaca o Waca (lugar sagrado en quechua) del Sol. Allí supimos que las enormes piedras que conforman esos muros son de una roca durísima, alguien dice basalto, roca volcánica, que todavía hoy no se sabe cómo es que puede trabajarse con semejante sutileza, cómo pudieron aquellos andinos sumidos en esa presumible precariedad, cómo pudieron hacer para modelar a la perfección esos adoquines gigantes e irregulares de alrededor de un metro por sesenta a ochenta centímetros que, sin usar argamasa alguna, encastran tan perfecto unos con otros, tanto que al tacto y cerrando los ojos casi no se notan las uniones. Nos contaron, y escuchábamos con vergüenza ajena e indignación propia, que los muros de lo que fue esa enorme construcción de varios cuerpos: el templo más cuatro capillas menores consagradas a la Luna, a Venus, al Rayo y al Arco Iris, los aposentos del sumo sacerdote y las dependencias del resto del personal, todo, estaba recubierto con láminas de oro tallado, trabajado con paciente belleza y los conquistadores, al amparo de la divina cruz y los arcabuces, convirtieron en chatarra y mandaron a Sevilla. En el centro del templo lo más importante, la divinidad, el enorme disco del Sol despidiendo sus rayos benefactores, estúpidamente fundidos en el mismo oro macizo por los depredadores. Esa sutil obra de arte fue también convertida en burdos lingotes para financiar, en la culta Europa y sus alrededores, cruzadas de codicia, guerra y fe, falsamente cristiana. Pero el testimonio más elocuente de grosería que encontramos fue, en un extremo del fragmento de muro, las huellas en la piedra de unos toscos mazazos con los que aquellos ladrones invasores y pecadores del culto a la inteligencia intentaron derribar el templo. Al no darles el cuero, abandonaron el intento y decidieron taparlo construyéndole encima, como un manto de olvido, la Iglesia de Santo Domingo. Un festín para la historia de la cultura de verdad y la antropología dedicada a estudiar las distintas variantes de la miseria y pequeñez humana.
Hace unos pocos años un terremoto sacudió Cuzco. Se derrumbaron edificios, entre ellos la Iglesia de Santo Domingo que los eclesiásticos se apuraron en reconstruir sobre todo porque, en medio de los escombros, habían quedado incólumes, impecables, los muros de Coricancha. Quizás esta vez lo que quisieron tapar fue el mensaje de un Dios avergonzado. O del mismo Sol. Vaya uno a saber.

*El lugar

26 / 6 / 2003


Elegir un lugar. Es como si nos dijeran, elegí un dedo, una uña, un mechón de pelo de tu propio cuerpo. Somos materia, tiempo y, desde ya, espacio. Somos los lugares que recorrimos, los que ocupamos, caminamos, nos alojaron, incluso los que abominamos, nos disgustaron o maltrataron. No puede faltarnos nada de lo que nos constituye, cada una de las partículas que giraron a nuestro alrededor, ni los segundos que transcurrieron al compás de nuestros latidos, las imágenes que vimos, los pasos que anduvimos, las fragancias que olimos, las comidas que nos nutrieron, las texturas que tocamos, las pieles que acariciamos, los sueños que deseamos. No seríamos lo que somos sin todo eso. Pero ¿qué estás diciendo? ¿de qué te estás defendiendo? no se trata de una mutilación. Nadie te está queriendo quitar nada. La cosa es que elijas un lugar, nada más, como cuando por las mañanas tenés que elegir un par de medias. Elegir un lugar, para ponerlo acá, sobre esta hoja, por un ratito, una especie de homenaje, un recuerdo, algo que te haya hecho vibrar, distinto, intenso y compartirlo con los que se asomen a este papel y a la intimidad de tu memoria. Porque, siguiéndote el juego, también somos lo amarretes que podemos llegar a ser a veces. No, no, no. No entendés, no es amarretismo. Cuando elegís algo dejás afuera el resto. Y ¿qué derecho tiene uno...? porque, se dice muy fácil: elegí. Total. Decís que no es una mutilación pero sí, lo es. Justamente es eso. Lo que pasa es que vos pensás en los lugares como si estuvieran desligados de una historia, afuera de uno. Como decorados de una película que no viste, que nadie vió y que ni siquiera se filmó nunca. No viejo, los lugares que anduvieron conmigo son “mis” lugares, me pertenecen, los amo, aunque me hayan dolido, son como hijos y padres al mismo tiempo, me parieron y los parí... y no los quiero dejar por ahí tirados, como cualquier cosa. ¿o te creés que no tienen sensibilidad? Alma. Eso ¿entendés ahora? Los lugares tienen alma. Pero ¿qué disparate estás diciendo? ¿quién te dice que tenés que dejar nada tirado? Mirá, hagamos una cosa, no elijas nada. Quedate ahí o mejor no, no te quedes ahí, por mi te podés ir al reverendísimo carajo... Ahhh, ¿ahora me estás proponiendo que me vaya? ¿qué pasa? ¿no te gusta este lugar? Me dá lo mismo acá o allá, arriba, abajo. Ahora me hiciste engranar. Eeehh... tranquilo. No es para tanto. Al fin de cuentas era un juego. Inofensivo. Y te lo tomaste a la tremenda. Si no querés elegir, no elijas hermano. Total, a mi qué me importa. Pero admití que tendrás que arrear con la culpa de tu indecisión, porque el que teme elegir, tendrás que reconocerlo, es un cobarde. Decime che, ¿por qué no te vas a la mismísima mierda? ¿Ves? te calentaste, eso quiere decir que te dí en alguna zona sensible. ¿No te llama la atención? Quisiera saber porqué miércoles te tengo que estar aguantando. Me voy. ¿Me entendiste? No te banco más. Me voy. Chau... ¿Huís? Querés huir ¿no? No, lo que pasa es que no te soporto más. Y ¿creés que te podrás librar de mi así, tan fácilmente? Estás condenado, estamos condenados a andar juntos, así que será mejor que tratemos de aflojar la cincha. Está bien, está bien. Dejemos todo esto. Salgamos a la calle, a ver si el aire... o si nos podemos distraer con cualquier pavada. Si, si, mejor. Vayamos para otro lado porque ¿te digo la verdad? Este lugar ya me estaba aburriendo...

*El ridículo no nace, se hace

19 / 6 / 2003

Estacioné casi en la puerta. Lo lejos que me queda la Maimónides se compensa con la comodidad del estacionamiento fácil. Llegué temprano, así que voy a bajar el diario y la carpeta con los papeles y aprovecho a leer algo... ¡Ahj, otra vez estas rodillas! Un rato sentado y cuánto me cuesta moverlas. Me hacen doler. Menos mal que me dijo el traumatólogo que no hay ninguna joda seria, ni artrosis ni nada de eso. Los años de ruta caminada, nada más. Parece que son demasiados. Bueh... ¿qué va uno a hacerle?... Adelante compañero. Cierro el auto. La verdad que si no fuera por las rodillas, de aspecto estoy al pelo. Todos me dicen que no represento los carnavales corridos. Y, parece que es cierto. Hay cada escracho que veo por ahí y que resultan menores que yo. Además me muevo. Esta mañana me mandé cinco sets al hilo. Bueno, vamos muchacho. Entro. Mirá que hay guita acá, eh. ¿Cómo carajo hacen estos tipos? Ahora a bajar este pedazo de escalera de marmol negro... Ahj, las putas rodilllas. Bajo el primer tramo. Cuánto me cuestan, coño, estos diez escalones, después viene el segundo tramo, diez más y la enorme sala de espera con sus más de cincuenta sillas todas puestas en arco de frente a la escalera y la gente esperando, cuánta gente que viene acá, y las ventanillas con las empleadas que también dan de frente a la escalera, al amplio espacio central, mosaico negro, es como una pista de baile... o un escenario... Tenemos el público, señoras y señores... con ustedes el actor... Ya pasó el primer tramo. Me paro en el descanso y tomo un respiro. Eeepa compañero, mirá que bien que está esa rubia de primera fila con el pelo batido. Qué elegante la señora. ¡Porqué no te dejás de joder, flaco! No estás ya pa´esos trotes. Pero qué hay hermano, son los viejos reflejos. Resabios de vanidad que nunca se pierden. Vamos, arriba muchacho, que no se te noten los achaques. A ver, vamos, a bajar como un duque. Está solita sentada de frente. ¿Me mira? Sí, me vió pero siguió la mirada de largo. En realidad, ni bola. Es igual. A filmar, por la imagen de la empresa, ¿vió?. Dale macho, con cuidado, elástico, como Julio Bocca bajando por la escalera del Canal para almorzar con Mirta. Vamos bajando, erguido, así, bastante bien, con la mirada profunda, como al descuido, así, bien, ay, la puta madre que me par... había otro escal... No veo nada. Vuelo. ¿Adónde voy a parar? Caigo de costado, en el escenario. Sobre la cadera. A la mierda carpeta, diario, todo sale volando, al suelo, como una bolsa. Aterrizo a estribor, hasta se me salió el zapato derecho... Los papeles por el piso, desparramados. Una décima de segundo, mil años. Resucito. Abro los ojos. Lo primero que veo, en primer plano, pegado a mi cara, unos zapatos de gamuza marrones de taco alto y una voz de mujer ¿Se lastimó señor? No, no, gracias. Claro, por supuesto que es ella, qué papelón, carajo. Por hacerte el canchero, gil de cuarta. La miro fugazmente y trato de recomponer rápido la escena normal. Me paro como enchufado, junto apurado los papeles, quiero borrar la escena, agarro el zapato, rápido, me lo pongo como puedo y me voy, resuelto hacia la ventanilla, como dueño de mi mismo y hago el trámite que tenía que hacer, dar el número para que localicen mi historia clínica. ¿Qué me pasa ahora? Estoy mareado, a ver si encima me desmayo. Lo único que faltaba. Es como una lipotimia. Debe ser del cagazo. Contenete loco. Me doy vuelta y está ahí, sentada como si no hubiera pasado nada. Me compongo. ¿Qué hago? Si trato de disimular se acentúa el ridículo. Voy resuelto y me siento a su lado. Muchas gracias. No, no, de nada. ¿Se siente bien, señor? Ma qué señor, la conch... Si, si, claro, está todo bien, gracias. Pausa. ¿Quiere que le diga la verdad? digo con tono simpático, como de superado. Sí, dígame, me dice. Me mira sin entender. Es agradable la señora, además de linda. ¿Sabe? Me caí por hacerme el galán frente a usted... Breve pausa. Dió resultado. Nos reimos y en medio de las risas ella no puede reprimir un justo pero simpático, ¡Qué boludo..! que me cayó como del cielo porque era como zafar del infierno del ridículo. Y seguimos riendo al momento que me llaman de adentro para atenderme. Me paro y la saludo.Mutua sonrisa. Y me voy yendo. Ahora, además de las rodillas me está doliendo la cadera. Espero no haberme quebrado. Pero dele campeón, ya está, ahora no me va a aflojar, Seguí disimulando. Cuando llegués a casa te ponés esa pomadita analgésica y una bolsita de hielo y chau. Y en la próxima mirá los escalones, cartonazo...

*Será justicia

11 de junio, 2003

Vivimos un momento de cambio. Transición de una época de idiotez y perversión a una que parece entrar en zonas de cierta normalidad. Cambiamos Presidente, lo que a los argentinos no nos dice mucho, pero algo suena distinto. Corroídas, ensuciadas instituciones están siendo removidas, ventiladas, barridas con inusual energía. Una de ellas, la justicia. No perdamos tiempo en cosas en las que coincidimos, como la necesaria remoción de la Corte Suprema. Veamos sí, qué nos sugiere esa palabrota, justicia, con más armazón que sustancia.
Bien lo advertía Dick Bogarde en aquella película de Losey, Por la patria, cuando le hacía notar al fiscal que no hay que confundir justicia con derecho. El diccionario miente que son sinónimos. No es lo mismo o, en todo caso, nuestro derecho viene a ser un pariente degenerado de la justicia. Mientras que ésta es un ideal, una hermosa meta dificil de alcanzar en tanto perfectible, mal podría el derecho ser una meta, como finge serlo, ya que su desenlace es ambigüo y contradictorio. Ilustra en parte la anécdota de que en la biblioteca de los letrados la mitad de los libros dicen que si y la otra mitad que no. Es un intento de suavizar la cuestión. No es tan así. El derecho se hizo un sistema que por lo general responde a intereses no precisamente jurídicos. Se arrima dónde mejor calienta el sol. Más allá de sus postulados ideales, es el irónico testimonio de la injusticia que sigue imperando entre los humanos.
Y a pesar de semejantes antecedentes, la justicia, y como si fuera poco la política, fue mayormente apropiada por licenciados en derecho que, a juzgar por lo visto, demostraron saber poco y mal de todo aquello. Lo que sí saben es cuidarse, como corporación ejemplar, de que a su quinta no la profanen los abogados de secano, que son quienes se meten a opinar de estas cosas sagradas sin haber estudiado jurisprudencia, presumiendo entender de leyes, a pesar de que bien podrían saber de justicia y, mucho más por cierto, de injusticia.
El derecho nació con buen pie. En su origen romano la Ley de las XII Tablas una vez escrita fue sometida a una asamblea popular y así aceptada. Este Código fijaba que patricios y plebeyos eran iguales ante la ley, nada menos. Más tarde la historia, asistida por profesionales en leyes que se encargaron de borrar con la toga lo que escribían con la pluma, nos fue llevando a este páramo de bellas palabras e infierno cotidiano donde reina la injusticia y, lo que es peor, se indujo a los pueblos a que crean que esta situación es un fenómeno natural, inmodificable.
A raiz de la crisis de la Corte Suprema, el otro día reporteaban por la radio a un ex juez quien se declaró a favor de la remoción. No obstante, al querer definir el término dijo que entendía que la justicia era lo que resguardaba la vida, la fortuna y la libertad de los individuos. Reveladoras palabras en un país cuya mitad de su población fue puesta en estado de miseria. Coherencia de quienes siguen llamándole Palacio a lo que debiera ser, con austera modestia, Casa (de Justicia); reminiscencia monárquica de un país con fallida aspiración democrática a cuyo máximo tribunal para impartir “justicia” le seguimos diciendo Corte. Las palabras marcan la ideología. Y la nobleza obliga.
Mal que les pese a muchos elitistas del derecho, la justicia no será hasta que los pueblos, en su variedad, con su ignorancia de tanto chisme jurídico pero con su rica aunque devaluada sabiduría arrabalera, no se sienten a la mesa a compartir la responsabilidad de procurar una mejor justicia para todos y no para unos pocos, asumiendo un rol protagónico, participativo. Y cuando el lenguaje justiciero pierda el hermetismo que lo hace inaccesible y a las cosas se las llame por su nombre. Al pan, pan y a la justicia, justicia. Basta de colgarle aditamentos para confundir como, por ejemplo, eso de justicia social. Porque, los legos le preguntamos a los sabios: ¿Cuándo la justicia podría haber dejado de ser un hecho social?

*La espera

5 de junio de 2003

La espera es un baile variado y repetido en el que Eros intenta escapar al asedio de la Huesuda o, mejor, una partida de truco donde la Vida trata de postergar la derrota que la Muerte le termina propinando... pero que siempre vuelve a comenzar... para seguir jugando... y esperando. Obstinada.
El acto de esperar puede ser agradable o desagradable según cuánto pese en la balanza el plato erótico frente al triste guiso de la Parca. En el primero caben el amor, la salud, el trabajo, la amistad, el placer, la risa, la inteligencia, la solidaridad, la comprensión, la paciencia, la cooperación, la creatividad, la justicia, la paz mientras que en el otro entran el odio, la enfermedad, el desempleo, la enemistad, el dolor, el llanto, la torpeza, el egoísmo, la indiferencia, la traición, el individualismo, el hastío, la injusticia, la guerra.
Toda espera es un abanico que puede ir de lo rutinario a lo quimérico, desde hacer la cola para pagar la cuenta del gas hasta palpitar el sorteo por si nos sacamos el gordo de Navidad. Esperamos que esta noche no termine nunca, que amanezca de una vez, que llegue el fin de semana, el fin de mes, el verano, el año nuevo... Hay esperas a las que les brotan ramas de esperas subsidiarias como cuando aguardamos el turno en el dentista y esperamos que no nos haga doler, que no nos mate con el presupuesto, que mejore el efecto seductor de nuestra sonrisa kolinos, que no llueva al salir, que no nos demore mucho así nos da tiempo de ir a cambiar el libro que le regalamos a Juan -esperamos que el que ahora elegimos no lo tenga-. Hay esperas con suspenso ¿cómo nos resultará el último levante de la cita telefónica? Las hay que pasan de la ansiedad del encuentro deseado a la angustia de que al final nos deje plantados o con el susto de pensar que si demora tanto es porque debe haberle pasado algo o con bronca porque siempre nos hace esperar o con miedo de que esa turra no nos tome justo lo que no estudiamos o con el deseo a que nos den el empleo o con inseguridad de si me habré arreglado bien, si le gustaré o con la ilusión de que esta pareja me dure o la locura de hacer el gol del triunfo o la gloria de atajar el penal. Las hay, no por rutinarias menos hermosas: qué lindo cuando vuelve del trabajo, cada noche, y nos sentamos a la mesa con los cachorros. Otras con un mismo eje y distintos actores: el trabajador que espera el aumento del salario, el delegado que espera conseguírselo a los compañeros, el patrón que espera no llegar a dar el aumento, el político que defiende a los obreros y espera conquistarlo, el especulador porque si lo consigue equivale a votos, el corrupto porque si lo evita se arregla con la patronal, los abogados que le sacan el jugo al conflicto... Hay esperas personales y proyectadas: que se me calme la tos, que al nene se le cure la tos, que mi mujer pare de toser y me deje dormir, que mi vecino de butaca termine con esa tos que quiero escuchar a la cantante, que el invierno sea denso porque el jarabe para la tos es el mejor negocio de mi laboratorio. O distintas esperas frente a un mismo hecho: cambiá de canal que ya estoy podrido con eso de los inundados, por suerte estamos más arriba y el agua no nos alcanza, ahora se nos arma quilombo y nos van a querer rajar del ministerio, virgencita, hacé que baje el agua, compañeros, tenemos que hacer algo para prevenir este desastre... Cambia el gobierno y esperamos tener suerte y que a los nuevos, Dios los ilumine o que el miserable que se fue no vuelva nunca más o que el pueblo siga siendo sabio como cuando lo de las cacerolas que hicieron que rajáramos a ese inútil o que aprendamos y nos organicemos de una buena vez... Hay veces que la espera se convierte en desesperación: los sentenciados para que posterguen la ejecución o para que cese el bombardeo o que la quimio dé buen resultado o por encontrar algo para comer en el próximo tacho de basura... Esperamos crecer, durar, salir, aprobar, ganar, entrar, zafar, ser queridos, ser aceptados, ser valorados, ser elegidos... Esperamos. Esperamos siempre. ¿O acaso vivir no es, además de todo lo que se te ocurra, una sucesión de esperas acumuladas?

*Mi lugar, mi ciudad

29 de mayo de 2003

Tardé en darme cuenta. Me tomó la vida.
Al principio eran datos a llenar en casilleros, accesorios de identidad. No más que eso. Por mucho tiempo el lugar que ocupaba era el que me había tocado. Caprichos del azar. Donde caí, caí. Más tarde, por referencias comparativas, llegué a tener una vaga noción de pertenecer a un espacio. Una casa, un domicilio, un barrio, una ciudad. Otros peldaños en la escalera de uno vienen a ser el país, el planeta tierra, el cosmos, pero hablar de ellos está más allá de lo que me propongo. Quiero referirme a la ciudad. A mi ciudad. A Buenos Aires.
Cuando pude pensarte, te buscaba afuera, desde la ventanilla del colectivo, mirando a mi alrededor, al andar por tus calles, por tus plazas, por tus colmadas terminales de trenes, en tus mercados, en las marchas y en los actos políticos y en las canchas, en los subtes, en tus parques, tus barrios, en el centro, en tus librerías de Corrientes, en tus cines, en el Luna, en las pizzerías, en Florida, el hipódromo, alrededor del Obelisco, en el tránsito empelotado, en los lugares de laburo, en Boca y River, en los tacheros, tus avenidas, tus canillas, colegios y facultades, tus árboles, monumentos, tus teatros, edificios, en el Riachuelo, restaurantes y boliches, por todos los rincones, y de pronto miré para adentro del colectivo, a la gente que estaba ahí o que pasaba y con la que nos podíamos tocar, oler, ignorar, conversar, observar, esquivar, criticar y que era parte indisoluble del paisaje de la ciudad y que tenía una historia, desde las míticas fundaciones ¿y fue por este río de sueñera y de barro, que las proas vinieron a fundarme la patria?, invasiones y aceite hirviendo, la plaza plagada de paraguas y escarapelas, los mazorqueros de Monserrat, el centenario, los inmigrantes, la infanta Isabel, los sainetes y el tango y Jorge Newbery y los setenta balcones y la fábrica Vasena y el 17 de octubre y los milicos y las dictaduras y los bombardeos cobardes y la puta ESMA y las Madres y las cacerolas y la gente revolviendo en la basura y los íconos de la ciudad, Homero, Carlitos, Evita, Walsh, Favaloro, Charly, Discepolín, María Elena, Carpani, Quino, Borges, la Negra, Gatica, Olmedo, Alonso, Bonavena, Tita, Palacios, Maradona, Troilo, Clemente, Copes, Berni, Mujica, Niní, Arlt, Rivero, Gelman, Gieco, Piazzolla, el Polaco, Quinquela, Tato, Tuñón, a mi se me hace cuento que empezó Buenos Aires, la juzgo tan eterna como el agua o el aire y de pronto sentí que ni hacia afuera ni mirando adentro del colectivo bastaba y me encontré metido en medio de todo eso, sin importar si me había tocado, si había estado ahí ni cómo, pero que había estado, que estaba, que estaba en mi, que era yo todo eso, porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy, con un lenguaje propio, porque el idioma de infancia es un secreto entre los dos y decir amor, te amo ¿cómo conjugarlo si hablamos de uno mismo? y por supuesto, aparece también el desamor, el desagrado, la bronca de ver todo lo mal, todo lo sucio, lo ridículo que se mueve en la ciudad, en mi ciudad, porque aquí me duele un tango y el calor de alguna mano y me cuesta tanto el mango que me gano, se mueve en mi y cuando le decimos nuestra bronca por todo lo desagradable a nuestro compañero de asiento en el bondi nos mira extrañado, como no entendiendo, como si la mierda cotidiana, lo que nos irrita, tanta miseria, el malestar urbano, la mugre, los olores, fueran cosas naturales y que no, viejito, que todo es muy contradictorio, cuánto dolor en el amor, cuánta bronca en la alegría y resulta que mi compañero de asiento es un espejo, soy yo mismo que me multiplico y que va por ahí, y también mi parte fea, sucia, inadaptada, y te digo una cosa, me tenés harto, me tenés repodrido pero, querés que te diga, sin vos yo no soy, mi Buenos Aires, querida...

*Mi mundo, mi lugar, mi casa natal - II

21 de mayo de 2003

Entramos en las cosas de la vida a borbotones, a puro pragmatismo. Las cosas están, lo rodean a uno, lo cobijan, lo constituyen, sin uno pensarlas. Así fue con mi casa, donde nací y viví mis primeros años. Entre lo primero a aprender fue avenidadeltrabajoveintidosceronueve, de memoria, creo que por si me perdía por la calle. Pero nada más. Abría la canilla y salía agua, oprimía un botón y se prendía la luz, tiraba la cadena y el agua arrastraba hacia el misterio insondable las excrecencias desechables y malolientes de mi cuerpo. Ni siquiera pensaba que todo eso respondía a mecanismos mágicos. Las cosas eran así y se acabó.
Más tarde supe que mi casa tuvo un jardín adelante que más tarde se convirtió en el local que mi viejo le alquilaba, con la pieza del fondo, al zapatero armenio. Había otras dos piezas que también se alquilaban a dos mujeres. Entre los tres, los alquileres no llegaban a $200. Parecido al precario sueldo de mi viejo en el Banco Popular, donde la yugaba de carpintero. Apenas alfabeto, el viejo me hacía hacer los recibos de alquiler. Yo no sabía qué era eso. Tampoco sabía ¿cómo lo iba a saber si ni siquiera me lo preguntaba? cómo habían hecho los viejos, inmigrantes gallegos que vinieron sin un mango, laburante de la madera papá, de la pileta, la plancha y la cocina mamá, que del barco zarpado del Puerto de Vigo fueron a recalar a un conventillo de la calle Alberti, cómo coño pudieron, digo, hacerse una casa. Tampoco entendía porqué mi viejo me hacía ir, todos los meses, a pagarle, creo que también eran como $200, a un tipo, un médico de la calle Pedro Goyena que me atendía sonriente y que me tenía que dar un recibo a cambio. Tampoco me daba cuenta del porqué a veces a papá se le saltaban las lágrimas, como de bronca, cuando me mandaba. Nunca había visto llorar a la mole de fuerza que era mi viejo, hasta esa vez.
Más tarde pude ir atando cabos. Parece que mi vieja recibió algo de guita como herencia, al morir los abuelos en Galicia, de su parte de la casa y el pequeño campo que tenían por Pontevedra. Con eso más una hipoteca que consiguieron de un prestamista, el médico aquel de la calle Pedro Goyena, se hicieron la casa. Mi casa, un reflejo mezcla de lar galego y usura criolla, con veleidades microburguesas de explotación rentista... que tan solo alcanzaba para emparejar el puchero y pagar apenas los intereses de la hipoteca, pero sin amortizar capital. Ahí recién entendí la causa del llanto de papá.
Seguir atando cabos me llevó a saber que la creciente inflación de aquella época, primer peronismo, todavía no se indexaban las deudas, hizo que un buen día, con un poco más que su aguinaldo, que sí en cambio había crecido y bastante, el viejo pudiera levantar la condenada cruz de la hipoteca al tiempo que se creaba un hiato entre el novel peronismo de papá y mi condición de socialista utópico, que no entendía ciertos códigos de la vida real. Frente a esa situación, también tardé en entender el fastidio que resumaba el viejo por el eterno congelamiento de los alquileres, para satisfacción nada oculta de los favorecidos inquilinos, devenidos a la postre en peronistas. Contradicciones que se dan.
Mi casa era el centro del universo hasta que fui a jugar a la casa de Robertito, mi vecino de la vuelta, en la arbolada calle Lautaro, hijo del médico del barrio, una casona de piedra gris de tres pisos -más tarde supe que se las llamaban residencias o “petit-hoteles”- con un piano donde su hermana Ofelia torturaba a Schubert mientras transitaba con su halo radiante su hermosa mamá, igualita a Libertad Lamarque en Besos Brujos, ambos mis primeros amores escondidos entre las sábanas de mi cama. Nos dejaban jugar en el garage, tenían uno de los pocos autos que había en el barrio. Aquello era, en la escala de aquel entonces, como si me dejaran ir a jugar con el Príncipe de Mónaco. Iban apareciendo en mi, desdibujados, confusos, los primeros sentimientos de clase, bastante antes de convertirse en ideas.
Despues me abrí a la ciudad, al mundo, tuve distintas experiencias, viví en otras casas, algunas de prestado y otras que fueron mías, de distinto modo. Otras historias...

***

*Mi mundo, mi lugar, mi casa natal - I

15 de mayo de 2003

Fue mi mundo, mi universo infantil antes que mi casa, donde nací y viví hasta que me casé, 25 años. Aquel zaguán, fresco refugio del verano, el patio, para mí enorme, de baldosas en damero negriblanco que al calor solíamos baldear en patas, la gran pajarera con su bravo cardenal, el cabecita negra y los canarios, los macetones de mamá desbordando geranios y malvones, salpicados con alegrías del hogar. Las dos piezas que daban al patio, la nuestra con el amplio y austero baño contiguo, no dá para llamarlo “en suite”, de papá, mamá, mi hermano Julio y yo, y al lado el cuarto de la inquilina, doña Rosa, la enfermera peronista con su hijo, el Negro, marino del rastreador Fournier que naufragó en el sur y que una noche lloramos inutilmente porque al final terminó a salvo. Adelante el local a la calle y la pieza del fondo, que daba al patiecito de atrás con el duraznero japonés, alquilados como local y pieza, así rezaba en los recibos mensuales, al armenio zapatero remendón don Martín, que todas las tardes dejaba que nutriera mi imaginación con el suplemento de historietas de Crítica y su mujer, la voluminosa y sensual Doña Anita, inspiradora de mis tempranas fantasías sexuales autosustentadas. Seguían, en una fila a un costado más al fondo, las tres diminutas cocinas de madera pintadas de verde oscuro, techos de chapa y frente a ellas, con puertas que daban al patio principal y al del fondo, el ambiente más espacioso de la casa, la sala de estar, comedor, lugar de tareas escolares, con su exiguo e insuficiente brasero de los fríos inviernos y que era el lugar de la fiesta de los tallarines del domingo, con la bienvenida visita semanal de mi hermana Esther y su marido, mi cuñado Pepe, al que quise tanto y odié más cuando borracho torturaba con su caída a mi hermana y al final cayó estragado por el alcohol y la cirrosis, y la radio con el programa de Jabón Federal y los partidos de Fioravanti y las densas trasmisiones de Luis Elías Sojit y las carreras de Fangio y la cafetera de Nicola Paone y las novelas de Radio del Pueblo y el Santo y el Glostora Tango Club y los Perez García... Más atrás, las piletas de lavar, la mas chica para platos y verdura, la grande para la ropa y al fondo el escueto servicio de los inquilinos, inodoro y ducha, frío de pelarse. Pegado a él, la escalera que daba a la primer azotea con la enredadera de glicinas, perdurable olor del incipiente verano y la parra de uva chinche y la pequeña pieza con banderola de volcar, que años más tarde sería de Julio y mía, con una cocinita de madera y su eterno olor a guiso de lentejas de la otra inquilina, la paraguaya Bernarda y su vieja y silenciosa mamá. Y, cuatro escalones más arriba, la terraza de baldosas coloradas con otro cuarto y su pequeña cocinita que había sido ocupada por mi hermano mayor, el gallego Alejo, con su cuadrito del inefable escudito de San Lorenzo, mi primera pasión futbolera, el Ciclón de Boedo, y al lado el añorado galpón de papá, su (y mi) refugio de los domingos, con su banco de carpintero y su colección de-todas-las-cosas. Al frente, el infaltable gallinero, provisión diaria de huevos y de carne en fechas especiales, y atravesando la terraza a todo lo ancho, la sogas de colgar la ropa que cuando lucían cargadas, casi siempre, impedían hacer el picado con mi hermano cinco años mayor, donde yo siempre terminaba perdiendo.
Aquel que fue mi mundo, mi universo, se abrió más tarde hacia la calle, la que aparece en mi memoria como la anchísima Avenida del Trabajo, última frontera entre la civilización urbana y las calles de tierra y la quema del bajo Flores, y justo frente a casa, en la esquina, el almacén y despacho de bebidas de los gallegos Barros y Hurtado con sus del viejo tintillo Toro y su penetrante olor por el aserrín húmedo de vino, y el escolaso, y sus guapos trasnochados, y sus mesas de billar donde pude lucir glorias efímeras, lugar de aventuras marginales hasta que fui siendo llevado por las vías en que fatigaba cancino y ruidoso el tranvía 49, ida y vuelta del Cementerio de Flores a Primera Junta, estación terminal del subte a Plaza de Mayo, el vértigo del centro de la ciudad que se me abría a nuevas vivencias y a un cosmos cada vez más amplio mientras mi casa, la casita de mis viejos, se iba achicando en una escala física a medida que se agrandaba en mi propio corazón.

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*Día de elección (27/04/03)

8 de mayo de 2003

El nombre es revelador. Un día, cada tantos años, nos dejan elegir. Ese día, paradoja, elegimos a quienes nos dan esa esporádica y retaceada facultad mientras ellos se arrogan la atribución de elegir día a día, durante años y en nombre nuestro, cosas por lo común contrarias a nuestros intereses. Es la democracia “representativa” que tenemos. Más que formal, falsa.
El 19 de diciembre de 2001 el pueblo, casi sin excepciones, haciendo manifiesto su hartazgo largo tiempo acumulado, explotó en un tronar de cacerolas. En la abrumadora y elocuente síntesis con que a veces las comunidades se saben expresar exigió, exigimos a coro, desde distintos rincones del país, “que se vayan todos”. Pero toda explosión, como en la física, si no se canaliza se desperdiga, es caótica y al final se diluye. Bien mirado, nunca se pierde todo. En algún lado se guarda, se junta, está. Y es quizás esa especie de conciencia larvada la que nos convenció que ese reclamo impulsivo era, a la par de legítimo, inviable. Se hacía necesario, como previo, crear las condiciones para ocupar el vacío propuesto por un sector numeroso de la sociedad.
Mientras los actores políticos (el subsistente y chamuscado complejo peronista, ya que la otra pata del atril, el radicalismo, entró en vías de evaporación) o sea la hegemonía tradicional en ejercicio, muy lejos de irse, sordos al sentir y a las demandas del pueblo que no quería tomar más de esa sopa, para superar la crisis institucional venían descaradamente a ofrecer más de lo mismo: continuar aferrándose a los cargos profanados en una larga transición y desde ese espacio de privilegio armar elecciones a la medida de sus personales intereses.
Pulsada la reacción popular hacia la política convencional desde fines del 2001 y principios del 2002 hasta los primeros meses del 2003, el resultado eleccionario presagiaba un calamitoso signo negativo. Las elecciones, de impronta esquizofrénica, programadas para fines de abril de 2003 mostraban hasta poco tiempo antes, un grado de abstención electoral record. La organización político-social que se hubiera podido constituir como una alternativa del indigesto menú político en oferta no pudo o no supo formalizarse. Ni las asambleas populares ni los partidos políticos enfrentados al bipartidismo tradicional ni ninguna otra organización consiguieron conformar una opción válida. Y la fecha se acercaba, y lo ofrecido desde el “poder” no sólo se mantenía en los carriles trillados sino que para colmo se acentuaba, multiplicándose en cada desprestigiado lema partidario: tres candidatos por un peronismo languideciente y amorfo y otros tantos por un radicalismo en coma terminal, disfrazado con otros nombres. Y todo, dominado por la amenaza de un retorno increíble que pendía sobre la testa de la mayoría de los argentinos. Y la opción que quedaba volvió a ser por el menos malo, otra vez parecida sopa, como cuando de chicos nos indagábamos sobre cuál desgracia resultaba mejor, si ser sordos o ciegos.
Por mi parte, no sabía qué hacer. Dudaba entre volver a desperdiciar mi minúsculo voto en una variante afín a mis ideales cada vez más utópicos, proporcionales a la tozuda malversación que sufrían año tras año debido a la torpeza de tristes referentes partidarios o seguir la corriente, votar en contra de mis convicciones pero hacerlo nada más que para evitar un mal mayor... o no votar. No pude menos que caer en esa duda filo omnipotente paranoide de plantearme ¿y si no voto y por mi culpa gana el fulano? Tomé el documento y me fui, sumergido en el caldo de mi sopor existencial, hasta la puerta del comicio y me paré allí y me puse a mirar a la gente que iba, que entraba y que salía, muchos de ellos con caras adustas, acontecidas y una cosa que siempre me llamó la atención: la mayoría atildados, como pa´ir de fiesta o de misa. Una pulcritud como ritual de un extraño culto masoca: acicalarse para que te pasen el trapo, para que te terminen fregando. Me quedé un rato, miré un poco más el triste desfile de la realidad y me fui sin votar. Volví a casa a tomar mate confiando que no pasara lo peor. Ya era bastante malo el panorama.
Al anochecer comprobé que el remoto desinterés se había trocado en entusiasmo cívico. La abstención record se convirtió en una inigualada concurrencia emergente. El rechazo mostrado hasta hace poco e inclusive el voto bronca, el voto Clemente, el voto en blanco, variantes del cacerolazo, dieron lugar, en poco tiempo y sin acuerdos orquestados desde arriba, al voto positivo, al voto miedo, al voto útil, lo que sea, pero se votó en pro como nunca. ¿Cómo descifrar este súbito cambio social? ¿Sobre todo cuando el crédito popular sigue cerrado o, por lo menos, altamente cuestionado? Es inútil. No debe haber cosa más triste que cuando la jodida historia se repite.

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